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Tiempo de mirar atrás

Me interesó armar esta muestra, porque deseaba ver reunidas ciertas obras de Mónica Goldstein, del período 1975 – 1996, para reflexionar sobre el camino andado y sorprendernos de las repentinas luces y no asustarnos de las sombras de los recodos; en estos tiempos no viene mal planear la estrategia (plástica) para el futuro.

En otra medida, porque compartimos el amor por esos objetos llamados libros.
Los libros, su material: el papel. Su reunión: la biblioteca. Su contenido: las ideas. Ideas que se dibujan en los distintos alfabetos.

 El libro «objeto – contenedor» de ideas que es necesario preservar y difundir.

 Evoco en «Un lugar de la Mancha» a un caballero maltrecho, errando por su casa, buscando desorientado la puerta de su biblioteca que un cura y un barbero mandaron tapiar y disimular, para evitar la continuidad de chispazos entre:
libro – signo – idea – imaginación – acción – libertad.
La misma historia del bombero de Bradbury y la apasionada marginación de los hombres – libros. La misma historia de la oculta y laberíntica biblioteca, obsesión de Fray Guillermo en la búsqueda de la verdad en El nombre de la rosa. La misma historia de nuestra historia y sus hogueras.

Cuando la vista se pasea por los estantes de las bibliotecas, vislumbramos tesoros y revelaciones; Mónica tiene una historia personal ligada a los libros y a los signos de la escritura, como manifestación plástico – expresiva en los momentos difíciles, de callada introspección por los que atravesamos los seres humanos.

En el desarrollo de sus imágenes es importante señalar la relación de amorosa delectación por el mundo de los papeles, con sus colores y texturas, sus distintas calidades y aromas, el material virgen y el impreso. Por lógica consecuencia la investigación sobre las técnicas de dibujo y pintura adecuadas a este soporte y el componente cinético de la escritura. El movimiento, el «sismógrafo» del alma, los amplios signos – gestos sobre las bandas de papel. El nacimiento de una «mitología individual» en completa sintonía con la evolución espiritual. La reconstrucción de una cultura por medio de la escritura.

Y si estamos a merced del «eterno retorno», podría repetirse la historia del oficial de Napoleón encontrando la Piedra Roseta y sus maravillosas equivalencias, para comprender los «Textos de Taa-Ga» o la «Guía de opuestos».
Pero tal vez no sea necesario, porque la obra de Mónica Goldstein es toda «A corazón abierto».

 

Lic. Eduardo Guevara / Director del Museo Municipal de Bellas Artes / 1996