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Signos abiertos

Rodrigo Alonso

 

Los trabajos de Mónica Goldstein parecen refrendar la célebre frase de StéphaneMallarmé, según la cual, “el mundo existe para terminar en un libro”. Sin embargo, la artista va un poco más allá, ya que su universo simbólico proviene no sólo del mundo físico sino también de ámbitos tan inasibles como la sensorialidad y el espíritu.

 

En el formato del libro, Goldstein encuentra el medio más idóneo para desarrollar su propuesta artística y conceptual. Ésta no se centra en las alternativas de la escritura – como podría imaginarse – sino más bien en las de la lectura, que exceden el limitado terreno del lenguaje. Aunque la discursividad no está ausente, hay una potencia de lo visual en sus obras que relativiza cualquier construcción lingüística que quisiera traducir el desenvolvimiento de su programa estético.

 

De hecho, la mayoría de sus libros carecen de palabras, o las poseen en una escala reducida. Muchas veces son los materiales los que aparecen en primera instancia, llamando la atención sobre el libro en tanto objeto que se instala con contundencia en la realidad. Las piedras, los metales, los residuos de instrumentos mecánicos, las cortezas de árboles, el algodón, son algunos de los elementos que aportan sus texturas y sensibilidad a unos volúmenes destinados a la percepción con el conjunto de los sentidos.

 

La materialidad de estos elementos suele estar compensada a través derecursos que introducen asociaciones, símbolos y metáforas. A veces, esto se logra mediante la confrontación de la propia calidad de los materiales, como en el libro Sin título (2000), que contrapone la solidez de la piedra a la suavidad del algodón jugando con los extremos de la tactilidad. Otras veces, son referencias más sofisticadas las que encarnan estos juegos de oposiciones, como sucede en Tiempo de espejos (2014), donde las imágenes obtenidas con un microscopio y un telescopio platean resonancias entre el microcosmos y el macrocosmos, como las imaginaba Pitágoras. En cambio, en el Libro del espacio [Homenaje a Teresa Volco] (2002), el juego se establece a partir de elementos puramente plásticos, como el punto y el plano, aunque sin abandonar la sensorialidad, provista por su cubierta de terciopelo negro, rematada con una piedra que ancla la abstracción de su propuesta conceptual a la tangibilidad de lo mundano. 

 

De hecho, la obra de Mónica Goldstein no se detiene en lo contingente, en el accidente, en la particularidad de un hecho o acontecimiento, sino que aborda temas muchos más amplios, que atañen a la naturaleza, el orden del universo, la realidad, la cultura, el devenir de los tiempos. Pero lo hace de manera subrepticia, confiando en la capacidad analítica del espectador, dejando signos abiertos para la lectura atenta, permitiendo que éstos florezcan desde las complejas mixturas formales de sus trabajos.

 

Lo mismo sucede en sus pinturas, fotografías intervenidas y dibujos. Obras como Tiempo del trueno (1994), Acerca de la realidad (2001), Eco inasible (2004), El salar del silencio II (2010), Un tiempo redondo (2013), expresan ya desde sus títulos esa vocación por aproximarse a ciertas instancias que conforman el marco de nuestra existencia, desde una perspectiva que trasciende la singularidad de lo inmediato. Así es el universo plástico de Mónica Goldstein. Un conglomerado de propuestas inspiradoras destinadas a los sentidos, el pensamiento y la reflexión.